Una
brisa embriagada
cruza
el aire,
se
adentra en las fauces del pájaro.
El
latido ciego, el canto truncado.
suenan los acordes del bandoneón,
como un carnaval de aroma añejo
que despierta la garganta profunda
a la vida.
Un fuego de bracero arde,
nos nombra
mientras la tierra fresca
se enreda en mi piel.
Brota el sonido,
se vuelve canto celestial,
melodía que encuentra,
por fin,
lo verdaderamente importante.
Vibran las trompas
de la cueva,
la risa atrevida del amor,
dejando su huella entre quejidos
que mueren despacio,
transformándose en un sentimiento
que arde.
@José Valverde Yuste