Llegaste de forma silente
como las flores en primavera,
te quedaste en mi vida
como las sanguijuelas
succionando mi sangre
como las velas succionan al viento
en una carabela.
Me guiaste
por la senda de los sentidos,
escuchando los silencios
de los desahuciados
los silbidos de un pájaro,
el dolor de un muerto.
Así fui hilando mis versos,
afinando mi sustancia gris
abriendo mi mente
al mundo de los sueños,
de la magia, de la poesía.
Tan lejana y tan cercana
cómo los cometas.
Intuitiva, erótica,
sin medida, no pornográfica,
aunque de durabilidad incierta
como lejos está La Antártida y tan cerca,
ese fino hilo de hilar rosa
o verde según convenga.
Te pierdes como el sol del valle,
la luna de mi cabeza,
y los duendes acuden
cuando te acercas
y no te percibo,
como el viento no percibe
nuestros lamentos
ni nuestras certezas.
No quisiera perderte
como Romeo perdió a Julieta,
cómo los árboles pierden
su rama en la poda
o los caminos pierden su rumbo
cuando son destruidos por la maldad
de los pensamientos del hombre.
