Recorrer aquella orilla vestida de mar,
aquel paraje a medio hacer,
semi desértico, con cactus y crasas,
presidiendo la espuma, que pervertida,
azoraba tus muslos.
Contemplar los arañazos de las olas a la arena,
palpitar con las inocentes ondas de tus cabellos,
acariciar esta luz pintada por dedos de alquimista
envuelta en esta brisa apagada,
desprendida de lo dorado,
alimenta la sombra de mi pensamiento.
Este atardecer me arranca lo vivo del sudor,
son martillazos que percuten en mi sangre,
escarchas de gorriones en vuelo,
las bisagras de las pupilas buscando la sonrisa.
Ser libre como los acantilados
cuando abren sus ojos al vacío,
ver la rugosidad de la luz cuando penetra
en la oscuridad, mientras paseo el alma,
cuando el día derrama su sangre lleno de nostalgia
es vestir el romanticismo con la herida de la tarde.
@José Valverde Yuste