Invidentes, enturbiadas de promesas,
protegidas por los acantilados
vagan las sombras
de mi corazón golpeado
por la desventura
en este mar de perfume lento.
Me retiro hacia un bosque inmenso
donde las llamas son los destellos
de lo imposible,
la blancura sedienta
de la magnolia flotando
en los rincones de las horas.
Salgo de lo vivido
imprudencia de símbolos desgastados
en la dualidad alma y ceniza,
tristeza y canto.
Este cielo desnudo
en sus límites de mansión embriagada
volcado en el borde de un naufragio
tiembla ante la niebla,
ante este exigente resplandor
lleno de prado.
©José Valverde Yuste