El reino de la lujuria,
con ojos sin confesión,
fluye en un hilo líquido
al otro lado del agua.
Se extiende
hacia donde la pluma interroga
a la lascivia
trazando un viaje sinuoso y lento.
Este sentimiento, tapiz de altos vuelos,
muere a veces en su desnudez
totalmente insatisfecho.
Hay surcos invisibles,
en espacios intermedios
cuando se adentra
buscando la otra verdad de la cascada,
el otro borde de la orilla
donde se produce
el milagro de la carne.
Santifica el miedo al desamor
entre brisas salvajes
cuando el tiempo pierde su flujo,
esta vasta y sagrada savia
llena de pliegues de seda,
en raudal,
y crece en lo luminoso
de estás corrientes subterráneas.