No es sólo la simiente del mundo,
es la luz que se detiene en los bordes
de la sombra heredada, la supervivencia.
La que con la ayuda de las olas se adentra
hacia este mar de huella ardiente,
como un chorro de luna batido,
en la hora que el pájaro aletea
hasta la médula de tu amor.
Es el hábito de esa oscuridad que te abre los ojos,
el deseo que no pide permiso a la moral.
Vive en ríos de felicidad
hasta dejar la alcoba limpia de fantasmas.
que se orienta hacia el plano
donde la vida tibia, ávida de traspasarse
se pierde en el espectro del suspiro
y vuela con su frontera abierta.
En ese lugar, no hay tregua, se visten de humedad
los túneles del tacto, se desordenan las flores
de la primavera y los sensores
que cuidan del misterio donde todo es concebido,
detectan la sorda explosión del polen
que desciende a los abismos.
Se diluye con la elegancia de un rayo,
ese caudal de alegría transita en el hilo de la luz ,
ante la frontera sin límites, navegando en la cueva de la rosa
encontrando estos ángeles desnudos
que viven en estos silencios de prestados.
Arden en ti las raíces de los ojos,
lo diminuto ofrecido al cuerpo,
que da vida al paisaje, asciende la ternura,
empiezan a surgir nuevas primaveras.
@José Valverde Yuste