Sometido a tu influjo
anulado mi sentimiento,
palabras muertas abrazan los besos
huyendo cuan gritos ahogados
del trino de un pájaro inexistente.
Hay palabras que reconozco
sin anuncios en turno de tarde,
ni sonido acariciando la luz de la almohada
que vienen de fuera;
tiemblo ante la visión de los ángeles surgidos
de esa oquedad oscura
que golpea a la médula vacía.
Deambulo cuan náufrago
asido a su tabla de salvación en mares anodinos;
mis quimeras son fatigas que mi frente oprime,
luz crepuscular de lágrimas esparcidas.
El viento de nuestra pena llora la agonía
por las laderas del mundo; ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.
Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos: Alimentados de ceniza,
rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego del ciprés.
Daga cruel arrastrando el prado yermo
la montaña ya no es blanca,
se volvió eternamente gris;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.
El monstruo de la angustia
blande mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.
Ojos abiertos, como luceros, en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.
Espero que la alcoba vuelva a recuperar
el olor de las frescas selvas.
@José Valverde Yuste