Mordía mi almohada, esperando ver
lo bello de las avenidas de tu cuerpo;
eran horas interminables, mirando al espejo,
soñando con tus gestos de luna,
bajo esa sensación sombría de las tardes lánguidas,
vacías del gris otoño.
Mi lecho era un pájaro sediento, de ti,
de tu aliento, de tu mirar de primavera,
el anochecer suave en el fondo de tus pupilas,
imperceptible a lo estridente de ese vértigo
que me produce tus garras.
Bajo este luz mordaz donde habito,
esta oscuridad aciaga llena de júbilo,
inmóvil, devorando el tiempo, esperando
el devenir de lo efímero del placer, tendido
espero el vuelo de la gaviota sobre mi montaña muerta.
Las aguas mansas de tu aura se agitan,
como el mar con los vientos huracanados,
llenando esta oscuridad aciaga, estos minutos infinitos,
este querer oír el timbre pero no llega esa orquídea
para impregnar lo monótono de verdor y escarcha.
Quiero suspirar sobre tus escuálidas ramas,
perderme en el rocío de tu cuerpo, ser la lámpara
iluminando esta ansia de piel de seda, cielo rebosante,
trigales que florecen bajo las sábanas, alimentarte
con mis suspiros.
Sé que vendrás con fuego,
apagando mi fuente del deseo de ser tuyo,
sin mordazas, con puertas abiertas
agitando las aguas mansas.
Golpeando los troncos virginales de este amor
que sueña con dragones
en las humedades de este estanque,
con el resplandor súbito de un corazón
lleno de latido.
@José Valverde Yuste
