No me olvido de los besos
que grababan los amaneceres del viento
en el cauce de tu espalda.
Eran tormentas conducidas hacia el hemistiquio
que rompía las huellas en la furia de lo desconocido,
donde el mundo grita al corazón despeinado y húmedo.
Aquellos relámpagos que surgían de nuestros labios
eran olas que se tatuaban en los poros de tu piel,
en lo más profundo del bosque que tranquiliza los sueños.
Eran duendes que ardían lentamente
en el manantial donde los párpados no oyen pisadas,
sobre la crecida de la luz con ceguera,
aprendiendo a retozar sobre navíos
que circundan el cauce oculto,
más allá de los sueños, más allá del olvido.
@José Valverde Yuste