Con la flor encerrada en lo que no se ve
me saludas con tu abanico de matices.
Un renacimiento vibrante,
un torbellino de pétalos en oscura sombra,
cutis de primavera aún naciente.
Vibras en los momentos que el temblor es alma.
Suelo, húmedo y profundo
donde el aliento de los sueños echan raíces
y el espíritu acuna a las mariposas
que tejen los cuentos adheridos al amor.
Claridad en el verbo hecho palabra.
Mañanas distantes, pliegues de flor besadas
despertando deseos en un enjambre
aún sin miel.
Te abrazas a la luna complacida,
sin grietas, a la piel de tu corazón vivo,
instante en que lo exacto
se desnuda en el otro extremo.
Brilla en el jardín un trozo de cielo anhelante,
en sus rayos inclinados se bifurca la carne
sobre la fragancia de la pluma.
Florece lo renovado, la cascada despierta.
Ansiosas gotas caen sobre una tierra
de calma infinita.
Ya siente la piel el latido del fuego.