Soy la palabra que siembra dudas
en los sueños de un soneto,
el reproche del fuego que nunca está quieto
cuando cuelgo de besos nuestro encuentro.
El tono desangelado del segundo,
ligero y hondo,
que modela el gesto implícito del silencio
cuando oigo el día entre tus pechos.
La voz de la vida
sumergida en sangre,
el secular trofeo de la arrugada espesura
cuando seco la garganta antes de nacer.
La zarpa liviana que se entrega al cielo
ilusionando las constantes del insomnio de tu rostro
entre rosas y jazmines, al borde del vértigo
de la carne en su agonía
La llamada de las huellas que naufragan acostadas
sobre los fragantes jugos
que conservan la nitidez de la mañana
cuando la palabra es la lengua de la luz
que gime en las arterias.