Éramos pájaros entrando
en lo más oscuro de la noche, una tormenta,
dos criaturas surgiendo de la ceguera,
un reflejo lunar en las notas
de un bandoneón abandonado.
Dos cuerpos frente a frente: tormenta y lluvia,
sangre en un mar con lente, enfrentados a caricias
que servían de sustento a la vigilia;
suspendidos sobre sábanas con brazos
que buscaban aliviar las primaveras.
Plumas perfumadas por truenos, caricias
de vientos lejanos que abrían las puertas al solsticio,
una sinfonía de Beethoven eran los rayos de la luna
devorando las manecillas del reloj, como si la noche
se hubiese tragado la mañana.
Nos bebíamos el aliento de las horas.
alto instante de cometas en la vigilia del alma,
la playa no era un lugar de puertas cerradas, era tu cuerpo
y las olas los tirabuzones de tus cabellos,
el corazón de tu mundo.
Hoy regresan a mis sueños, con matices de expansión
galaxias propagándose hacia el infinito,
noches que vigilan el calor vertido sobre las nubes:
esas alfombras persas pulidas por ángeles,
las noches de flor donde fabricaba auroras lejanas.
Alumbrabas la faz de mis sueños,
como un huracán por un desfiladero de magnolias,
en los aires sin renuncia de los enamorados,
ondeando sobre el azahar en la primavera del alba.
Tonalidades compartidas en aquel cielo de relámpagos
que la brisa, hoy, me ha traído hasta
el centro de aquella claridad donde dormita
la noche que anhelo.
Retazos de existencia efímera
que florecieron en aquel bajel de sueños
que fabriqué contigo, bote de la esperanza
que hoy veo en mis sueños: holgura de la mirada
sobre besos antiguos.
@José Valverde Yuste