Yo era un cuerpo lleno de fuentes, irresistible, brotando en veredas pisadas por la asfixia de la invisibilidad, arrodillado más abajo de la aurora lejana de tu cuerpo.
Vivía en la depresión de las horas consumidas, bajo la oscuridad de lo tedioso,
en lo paralelo de la llama, al límite del espeso borde donde comulga lo frágil y se abate el deseo de los órganos que armonizan los sueños, en el frío tronco que esperaba abrazar tus espacios.
A menudo entraban en mí historias huyendo de amores prófugos, mentiras de incalculables recelos buscando la carcajada más cerrada, la clave de lo profundo de ese amor que florecía sin arder en la brillante claridad de la pasión exuberante que se consume rota por la ansiedad del placer.
Me azotaban miradas llenas de infidelidad, sueños sumisos hundidos en la más profundas luces del iris, en ese diálogo se condensaba la pena dejando la rosa en el estanque azul dónde se escondía la virginidad de la luna.