Tráeme esos pétalos, sí, los de dalia
esos que vuelan cruzándose sobre tus ojos
y huelen a perfume de cítrico barato,
cuando sobrevuelan el aire del mar
con su cortina abierta.
Esos pétalos con los que el amor,
ese fantasma de cruz severa, se cree poderoso
y viene a prenderle fuego a mi sombra,
cuando ya no queda nada,
sobre la herida insomne del matorral,
junto al silencio de la cama húmeda,
aún con niebla.
Quedan solo párpados cerrados sobre la resaca,
con olor a carmín en el lecho,
donde la cruz de mis ojos, con su brote de alba,
se le olvidó cruzar el océano
con sus luces de música aún en pentagrama.
Ahora el alba se filtra sobre este asfalto
recibiendo una estocada de luz sobre el cristal,
y el incendio es solo una mácula de pavesa
sobre sombras de ceniza alargada.
El amor ha cambiado la cerradura,
y mi sombra —esa vieja aprendiz de los desastres—
ya ha aprendido a dormir, en selvas, a oscuras.
@José Valverde Yuste