Dos cuerpos se juntan construyendo
un espacio nuevo, dos templos reducidos
a un abrazo, a la fantasía de este lecho quieto
donde la ensenada recibe el ímpetu
de la otra mitad.
La piel se tiñe de plata en la orilla del deseo,
en medio de este bullicio sordo,
donde se explora el roce de las caricias,
hay estrellas que desafían las reglas, solitarias,
en esta ciudad que nunca duerme.
Indagan buscando la luz,
ardiendo en el eclipse de la noche,
como ríos ocultos bellamente fragmentados,
adheridos, en ese rincón del cielo
que sólo ellos conocen.
Conviven con un grito que añora lo que ha sido
y luego, en la calma,
sobre la sombra de un fuego extinto,
entre los límites anchos de las sombras, arde sin prisa,
saboreando la brevedad de este roce eterno
donde se entrecortan las palabras,
en esta noche abierta por la tormenta.
@José Valverde Yuste
