En aquel tiempo pensé dejar de lado
las sombras, el frío de un amor enredado
en sentimientos de atardeceres vacíos de luz,
que expulsaban las hojas decrépitas del día
al viento.
Cuántas veces intenté no desfallecer
en aquellas paredes pulidas de aliento
sin corazón,
sobre la piedra antigua de aquel hogar
que creía que el resplandor de la luna
encendía el amor.
No quería sobrepasar el límite de lo impuro,
de beber del pecado,
de romper las ataduras con la frágil mano
de los impulsos de los sentidos,
vivir entre el desasosiego y la esperanza.
El deseo me tentaba a agarrar
las ramas finas de la pasión,
el adelantado crepitar del frenesí,
cuando el tiempo olía a cielo vacío,
a nubes sin rumbo, labios llenos de huesos,
a falta de pulpa de aceptada entrega.
En aquel banco de espera ansiosa,
crecían silenciosos los tópicos insensatos del amor.
El grito de la voz que no decía nada.
la carne se derramaba ante la mirada indiferente.
Pero yo soñaba con encontrar el surco
que tapase los inviernos de tus ojos,
encontrar el canal que me ayudase a escribir
el romance perfecto.
Porque aún seguía penetrando en mi piel
el aroma de tus muslos,
tu espalda anclada en mis ojos,
tus pechos alumbrando mi noche,
tus caricias continuaban durmiendo
en el silencio de mi sangre.
En ti me seguía apoyando,
el fuego me quemaba por dentro.
el latido de tu tormenta con sus gardenias,
sin penas, aunque no hubiese lluvia
ni noches blandas de verano.
@José Valverde Yuste