Un animal
que lame las heridas del hambre
conservadas en la memoria de la luz.
Una
quemadura sin llama,
la
lentitud de los venenos viejos
ocupando
las instancias del pecho
hasta
volverlas inhabitables.
Una
costumbre antigua de habitar el pecho
hasta
volver insomne cada habitación.
Buscar
con los dedos la textura del aire
La
frontera exacta de la piel,
como
quien comprueba en el pulso
la
urgencia de sentirse vivo.
Llevar
en la garganta una paloma
queriendo
ser incandescencia
sobre
cuerpos ateridos
mendigando en el metro.
La
terquedad de una boca sin prisa
pero
con sed,
la
voracidad del que sabe lo que falta.
Por
eso ahora la tormenta
llama
a la puerta sin identificarse
como
un tren de medianoche
pidiendo
a la madrugada que suene el silbato.
@José
Valverde Yuste