Al rozar la piel dormida
de tu contorno de verano
fueron fluyendo tus ráfagas virginales,
el pergamino de mi espalda tembló
desde la frontera de las noches
hasta donde se escapa el agua.
Con la complicidad de las miradas
bebimos el néctar, inagotable y pleno,
el rito de un sueño real
doblándose ante el silencio de la cumbre
y la planicie de luna desnuda
La entrega fue
una tormenta de paraíso
y el caudal, un santuario
que detuvo al tiempo.
Recuerdo como el sol se filtró
tras ese árbol,
nos inclinamos sobre una ola
cuya alma era una fuente
y allí esperamos el regreso de la marea,
sobre el agudo filo de la luz naciente.
©José Valverde Yuste