Me conmueve el incendio de la flor
en su vuelo de pluma desatada,
cuando abre sus venas y vierte su savia impaciente
despertando el chasquido primigenio
donde habita con los ojos abiertos.
Amo la vida silenciosa, la noche petrificada,
las comisuras de los pétalos despiertas
bajo los brazos de la premura,
hablando con las estaciones
que beben de las letras ocultas
entre tus rizos.
Me consumo sobre el espejo tatuado
en la cornisa alta de tu pecho
ese que hoy me invita a aniquilar
lo impaciente del musgo,
mientras pide luz al hondo lunar
oculto en tu maleza.
Cuando te miro ante el abismo de tus ojos
me asomo a tu desgastado silencio,
y tú desvistes mi corteza fría
con el destello de la noche.
Así brota la sed desatando lo magnánimo.
Camino por fronteras sobre bordes
sembrados de dulces azahares y respiraciones;
me alimento en sus rugosas laderas
en el límite de la plenitud
donde la fuente busca al pájaro,
en esas horas de abandono
donde la flor ya es río.
@José Valverde Yuste