Que tu piel sea el límite,
la frontera donde orbitan mis ojos
al entregarse
y la única
verdad del contacto
cuando se deshacen
En ese
refugio alto,
la candidez se
instala en los cimientos
donde
sobreviven el parpadeo de las estrellas,
la
revelación de todo lo que vibra
en el
murmullo que pasea por mi rostro.
Hay un mar
instalado en la garganta,
un temblor con
las manos de la noche
arrodilladas
donde el corazón
quiere ser
hoguera.
Acariciar la
luz de la sed
antes que la
noche caiga y, las horas
se
desmoronen en el silencio de esa corriente
que hace redoblar
el tambor de la epopeya,
al germinar
sobre el
pico más alto de la montaña.
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