Un cielo con esperpentos augurios abraza a la gaviota,
ante el delirio del olor sangriento
estigmatiza el aire torcido que respiras,
cuando tienes el alma dividida
sin ningún plan en las torres altas.
Voz de suspiro que no muere,
imborrable señal de días que jamás se fueron,
olvido de años en arenas de cristal,
abriendo la puerta a tu futura presencia.
Frente a mí, te encuentras casi sin sombra,
con el farol de salida abierto y yo amándote;
en esta baranda fría, un suspiro de aire hueco
siento en esta luz sin el espejo de tus ojos.
Calvario de plomo helado
bajo un sol que castiga la ausencia palpable,
me martiriza esta raíz virgen,
esta lluvia de desierto hostil,
este oscuro trueno oculto en el gemir
de una piedad ya sin sueños.
Cuando ladeo mi respiración
hasta tus inquietas ingles
y sólo encuentro la sed fría de la mañana.
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