Eres suave como una pluma,
dulce como la piel de uva, amada mía.
Un temblor, que arrasando mi esqueleto,
me despierta entre oasis y palmeras,
en el bálsamo de un incendio desnudo.
Eres la caricia del cielo
que borra las sombras,
la tierra que siembro y me pertenece,
no como esclava sino como el cuerpo
que me acerca al lenguaje de tu cuello.
Mi amor está enjaulado
en el borde de tu todo,
en los precipicios de tu vértigo,
en lo que desciende
y me sujeta del impacto,
haciéndome partícipe de ese punto
donde reconozco el deseo.
Amor de días largos,
mar enfurecido
en una tormenta suicida.
Dos cuerpos fluyendo,
nunca se apaga el día.
Rastro de paloma y pájaro
cruzando el cielo de la rima,
pegados a los huesos, a los tendones
de ese continente ancestral y mudo
que nos hace solubles a las hendiduras
de nuestro cuerpo, al baile de las olas.
Viajo por el sonido de la paz
que me crece hacia dentro,
por los siglos de la ternura,
florece con el gozo
que recorre la entrega construida,
desde el ocaso hasta la alborada.
Esculpiendo las venas,
recorriendo las metáforas húmedas,
conquistando jardines
ahora eres mía: salvaje, lúcida,
el mito de mi poema, la dulzura encerrada
en mi tinta
@José Valverde Yuste







