Me enamoré de las pisadas sin amparo
de aquella ave apenas sin plumaje,
de aquel mar que cortaba su raíz
en los troncos que la noche olvidaba.
Fue un amor sumergido en tinieblas,
entre las velas sin anillos,
cuando en su subida al cielo
la mirada de la tarde, aún hambrienta de luz,
buscaba los rescoldos entre la ceniza.
Eras torre que encerrabas la verdad de la tarde,
una arrolladora curva sin brújula
jugando con la promesa inocente del deseo
cuando abrías la flor de más ancho mar.
Perforaban la luz en mis brazos,
en los ojos del río cuando el enjambre
con su tierno polen adormecido bordeaba
el océano con el contorno de los dedos.
¡Oh! Azahar de perfume prolongado,
suavidad de terciopelo en sabana donde ruge el león,
agua profunda que resucita olvidando lo triste,
con la humedad en la senda muriendo,
en lo ambicioso del camino.
@José Valverde Yuste
