Siento que los años viven conmigo,
rotos los días y los minutos encarcelados,
huyendo, disueltos en aromas
como larga muerte en hondos valles.
Como el viento se rinde al espacio
de tu espalda que se agita con la miel del sol,
las valientes aguas soportan al tornado
bajo el amparo de las alas en una vereda
de luces breves.
Retinas de hondos matices
se extienden por doquier,
córneas con quejido de río sujetan las piernas
donde bebe el puñal su amargura,
breve dormir de los pájaros
cuando asedian el brindis de la sed.
Robusta traza de pilares en lenguas
que sostienen las viejas naves
de un amor que muere,
cuando aparece la ineptitud estéril
de la amargura,
en la piedra del muro exterior.