Amor, playa con bordes donde golpea lo que crece,
lecho donde desnudo la luz del pecado,
asciendo por tu acequia virgen y pura,
la catedral donde agoniza mi deseo.
Ahora, sobre las ruinas del dogma,
reclamamos el derecho a ser la herida y el beso;
ya no hay altares que contengan este incendio,
ni oraciones que calmen la sed que nos desborda.
Somos el sacrilegio hecho carne viva,
una arquitectura de sombras que se desploma,
donde cada gemido es un edicto que se anula
y cada roce, un naufragio en el abismo.
Aquí, donde el tiempo se vuelve una grieta,
te devoro para saber si aún existo,
mientras el mundo, afuera, se persigna;
nuestras manos sólo reconocen:
las huellas de la sed, la llama que nunca muere.
@José Valverde Yuste