Pálida luz,
envuelves la fogosidad ,
alumbras mi carne y mi aliento
con tu torrente de apetencia,
despejas las sombras de este cauce bravío.
Abducido por tus indomables deseos,
acabo con mis noches invernales
y las convierto en clamor de grito sediento.
Hablo con tu tacto, despierta tu boca,
almíbar sedienta, radiante amor de cereza,
muerdo el jugo de esta fruta
hasta que solo haya deseo
donde se rompe el vientre.
Entro en tu cuerpo, soy marea
rompo las huellas de este río
que nunca se agota.
Soy el ancla que abre tu puerto.
Te unes a mí, en este naufragio,
se desborda tu cauce
hasta que no queda nada dormido.
Navego en ondas de porcelana fina,
en el puerto
donde florecen las flores exóticas,
en ese bote sin remo
en la inmensidad de tu océano.
Inhalo la fragancia de tus suaves pétalos,
desciende el sol hasta el azahar traslúcido,
recorriendo el ingenuo valle
zurcido a tu cuerpo.
En ese momento, de anacardos sedientos
de humanidad hecha de amor,
los sonidos de tu lago
son un coctel que emborracha
mis pasiones, con su copa de amor,
en este trozo de pradera, de cielo.
@José Valverde Yuste




