Masticando el azahar de las caricias
sobre un cuerpo de espectro amplio,
avivo mis deseos
mordiendo la luz de sus piernas.
Allí donde las olas juegan sobre la flacidez de la luz,
cuando la luna asoma entre soles
de pequeños cristales derruidos,
en lo candente, en esa soledad que vive el cielo,
donde respira la rosa.
Acaricio el profundo mirar de tu vientre
y me impregno de ese río de oquedad oscura;
me sumerjo en un cielo despejado de nubes
donde queda petrificado el llanto.
Tiemblan tus alas y el centro se vuelve huracán
de aguas densas, fábula con alto rigor de gloria,
fuego de constelación en bordes de anhelo recurrente
sostenidas por un compás de fina pluma.
Subo la cumbre del altar, donde florece la rosa
y liba la abeja en su redondeo,
imbuido en aguas donde madura el rocío
mi corazón se derrama como torrente
buscando su escorrentía.
Me convierto en un corazón dando luz a las estrellas,
desgarrando la piel en tempestad de noche,
como si llovieran deseos sobre hojas abiertas
de auroras, sin sepultura, desvanecidas.
@José Valverde Yuste