Me mirabas,
como si fuese una ofrenda,
un altar para tus ojos.
Deseaste consumirte en mi firmamento,
como si el amor fuese unos segundos,
que en pequeñas dosis emergía en dirección
a tu ventana.
Tus pupilas eran agujeros negros,
absorbías toda la luz de la habitación
esperando el tiempo propicio,
los zumbidos de la luz abriendo el corazón
al deseo.
En lugar de oscuridad, tu cuerpo irradiaba
un trozo de fragmento de cielo
que me atraía irremediablemente hacia ti,
como si me hubieses encuadernado a tu piel.
Yo sentía que me abrías, página a página,
sin miedo, todo aquello que podía desear
un pájaro en su vuelo,
aunque habían raíces aún sin arrancar,
el sol volaba alto.
Yo, como buen buscador de nubes,
soñaba con ese vestuario
tan lleno de sorpresas,
con esos márgenes que esperaban:
la lluvia atormentada, el árbol adolescente
ante quien desnudarse.
Esa flor de aurora esperaba el canto
en sus paisajes más densos.
Tus dedos acariciaban
mis pensamientos buscando una forma de auxilio;
y tus ojos descifraban los códigos
que yo mismo había olvidado.
En tus manos me convertí
en un manuscrito en llamas.
@José Valverde Yuste
No hay comentarios:
Publicar un comentario