Vida, retén mi amor en tus oscuridades,
en esos renglones torcidos donde la voz
es una miniatura, nieblas emergiendo
del cauce con sonido cadencioso.
Sólo la amnesia sabe cuanto te amo
en la penitencia de mis días borrachos,
buscando esas palabras donde nos sembramos
cuando me persigue la embriaguez del pecado.
Vago buscando el fuego,
lo palpable, en círculos
entre la fisuras de la soledad de la acequia.
Me alzo por encima de la existencia
y busco el atajo de tus muslos
penetra en mí la luz de la noche,
allí arrastro tus ausencias cuando es preciso
y calcino la nave en el costado
de tu voz amordazada.
Reclamo lo que arde
cuando la flor se redime a la vanidad,
y me estremezco ante la brasa
que incendia tu mente,
cuando navego por tu cuerpo de metáfora
y baño con mis pasiones, ese espacio oculto
de tu firmamento.