Fue una tarde de un abril envejecido,
el sol, seguía el sendero
de mi alma vestida de recuerdos.
El viejo árbol continuaba amando
aquella raíz que me vio crecer
y el lienzo que dibujaba el sol
se hacía mil trozos por el prado.
El tiempo se curvaba en los adentros
de aquel rincón donde la memoria
se gastaba en las cadenas de tus brazos
y las flores eran ríos de lágrimas
cuando llegaba el desamparo
del hasta luego.
Este amor de mirada inquieta,
del beso que quitaba el sueño
al aliento de la mirada
se convertía en puerta de cielo.
Ese disfraz que cubría tu grieta,
esa orilla de espuma desbordada
era el alivio de mis manos,
llenas de perfume, se llenaban
con la caricia final del canto.
@José Valverde Yuste
